Si hubiera que condensar el primer año del Nivel Secundario en tres palabras, el director no duda: novedad, descubrimiento y realidad.
Así se vivió el 2025 dentro del Colegio Fasta Juan Pablo II: un año donde todo empezó desde cero, donde cada paso implicó aprender algo nuevo para todos los miembros de la comunidad educativa.
La novedad marcó el punto de partida: nuevo el curso, nuevo nivel, nuevo equipo docente, nueva preceptora, nuevo director, nuevas dinámicas de trabajo, nuevos estudiantes que se sumaron en el camino.
El descubrimiento fue el pulso cotidiano:
- Para los alumnos fue el conocerse entre ellos, ya que se sumaban algunos compañeros nuevos. Conocer el nivel secundario, para entender su lógica y ritmo propio. Descubrir cómo se tienen que organizar en el estudio de nuevas (y más) materias. Paso a paso ir aprendiendo cómo se trabaja en el nivel secundario desde la autogestión y responsabilidad personal.
- Para la comunidad educativa significó incorporar y conocer un nuevo equipo de docentes y de gestión.
Y la realidad —siempre desafiante— terminó de dar forma al proyecto, ajustar expectativas, atender a las necesidades concretas de los estudiantes, para transformar un “lienzo en blanco” en una propuesta educativa consistente, posible y que comprometa a todos los miembros de la comunidad.


Un nivel que nació desde cero
El 2025 no solo fue el debut del Nivel Secundario: fue el nacimiento de una estructura completamente nueva dentro del colegio.
El director, la preceptora y prácticamente todos los docentes se incorporaron este año a la comunidad educativa. Tres profesores ya formaban parte del colegio como padres, lo que facilitó un clima de confianza inicial, pero igualmente implicó construir una identidad profesional desde cero.
Este comienzo permitió algo muy desafiante y atractivo – y que pocas veces se tiene la oportunidad de vivirlo –: crear “desde cero” la identidad de nivel secundario, sin inercias ni “tradiciones” que condicionen. Cada decisión —desde la planificación académica hasta las dinámicas de convivencia — fue pensada a partir de una pregunta clave: ¿qué Secundario queremos construir en el Juan Pablo II?
Al mismo tiempo, “abrir un nivel” significó poner en diálogo las ideas iniciales con la realidad concreta. Lo que funcionaba en los papeles tuvo que ajustarse a lo que la vida en el aula pedía; lo que parecía simple desde la teoría exigió nuevas estrategias desde la práctica (la prioridad del ser sobre la idea, de la que nos hablaba el Padre Fosbery en La Cultura Católica).
Esa flexibilidad, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en el motor del crecimiento del proyecto.
Una mirada pedagógica centrada en lo esencial
La apuesta pedagógica del año fue clara: menos dispersión, más profundidad.
En un contexto educativo donde abunda la tentación de llenar la agenda de actividades, el Secundario eligió otro camino: priorizar el aula y el encuentro profesor-alumno como centro del aprendizaje.
El foco estuvo puesto en generar tiempo real para enseñar y aprender, sin interrupciones innecesarias y con una continuidad que ayudara a los jóvenes a adquirir hábitos, organización y ritmo de trabajo.
Dentro de esa línea, podemos destacar algunos proyectos significativos, pero siempre pensados como complemento y no como reemplazo del trabajo cotidiano. Entre ellos podemos destacar el campamento “la felicidad es el fruto de la virtud”, realizado a principio del año académico; taller de oratoria, con el Dr. Bermúdez; la Open Class, trabajada con la profesora de Inglés; maquetas en Historia y Ciencias Naturales; salida a Divisadero Largo, con Educación Física, Geografía y Ciencias Naturales; participación con muy buen rendimiento en las dos instancias del Censo Provincial de Matemática.




El campamento: un hito que ordenó vínculos y miradas
El campamento de mayo fue, sin dudas, uno de los momentos más significativos del año. No se vivió como una salida recreativa, sino como una instancia pensada estratégicamente para acompañar la conformación del primer grupo de alumnos del Secundario.
Uno de los propósitos principales fue generar vínculos reales. Cuatro alumnos venían de otros colegios y el encuentro permitió integrarlos de manera natural con quienes habían recorrido el Primario en el Juan Pablo II.
También se trabajaron temas propios de la edad: virtudes, respeto, identidad personal y el modo sano de relacionarse entre sí.
Fue un espacio pensado para acompañar esta etapa de crecimiento, donde los chicos necesitan referentes, claridad y momentos que les permitan mirarse —y mirar a los demás— de otra manera.
El campamento, además, favoreció un vínculo cercano con el director, la preceptora y los docentes.
En un año en el que todos todavía se estaban conociendo, compartir juegos, tareas, charlas informales y tiempos más distendidos generó un clima distinto, más familiar y auténtico, que después se notó en la vida diaria del aula.
La vida sacramental también tuvo un lugar especial: hubo misa, confesiones y charlas con el Padre David —capellán del colegio en ese momento— que le dieron profundidad espiritual a la experiencia.
Ese equilibrio entre convivencia, formación y encuentro con Dios terminó de darle al campamento un sentido integral.
Los alumnos volvieron felices, entusiasmados y con la sensación de haber vivido algo que ordenó la convivencia y les dio un sentido de pertenencia real.

El taller de oratoria: un primer paso hacia la orientación en comunicaciones
Lejos de ser una actividad puntual, el taller funcionó como un espacio de crecimiento personal y académico.
Se partió de la máxima: “El que habla y escribe bien, es porque piensa y lee bien”, fue la que enmarcó la importancia de la formación personal y el pensamiento crítico, para luego poder ser auténticos comunicadores.
Aprendiendo a comunicar serán capaces de:
- Sostener ideas con convicción.
- Generar impacto e influir positivamente.
- Liderar a través del poder de la palabra.
Como introducción a la futura orientación en comunicaciones, se transformó en un primer cimiento sólido para la identidad del nivel.
Una comunidad de familias que se involucra de verdad
Uno de los rasgos distintivos del Secundario fue la presencia cercana y activa de las familias. El director lo destaca como una verdadera fortaleza heredada del Nivel Primario e Inicial.
Son padres que acompañan, preguntan, proponen, plantean inquietudes y también reconocen lo que se hace bien y lo que se debe mejorar.
Ese ida y vuelta constante —respetuoso, franco y constructivo— permitió ajustar prácticas, afinar la comunicación y fortalecer decisiones pedagógicas.
El colegio se mostró disponible para escuchar; las familias, para acompañar. Esa dinámica fortaleció la confianza mutua y se convirtió en uno de los pilares del proyecto.
Un equipo docente con una mirada trascendente
Consolidar un equipo docente nuevo implicó un trabajo profundo de identidad.
Desde el primer día, la premisa compartida fue que educar no es solo transmitir contenidos, sino acompañar caminos personales, ayudar a descubrir la vocación y ofrecer una mirada trascendente sobre la vida y el conocimiento.
El director lo sintetiza así: “Todas las materias tienen algo importante que decir en la formación de una persona”.
A lo largo del año, esa convicción se volvió tangible: en el clima del aula, en la cercanía con los alumnos, en la forma en que cada profesor habló de su disciplina y en el modo en que se fueron articulando criterios comunes.
Aunque el equipo todavía es pequeño, ya se percibe una comunidad profesional con identidad propia. A medida que el nivel crezca, esa identidad seguirá fortaleciéndose.
Crecimiento edilicio acompañado por un proyecto en expansión
El crecimiento del nivel no fue solo académico y comunitario: también implicó avanzar en infraestructura.
Durante 2025 se ampliaron espacios, se reorganizaron aulas y se proyectaron nuevas mejoras orientadas al confort, la seguridad y el acompañamiento de un nivel en desarrollo.
Cada ajuste edilicio respondió a una intención clara: que el espacio físico refleje el proyecto educativo y acompañe la expansión progresiva del Secundario.



Un cierre que marca el camino
El 2025 no fue simplemente un primer año: fue un año fundacional.
Un año que obligó a mirar de frente la novedad, a transitar el descubrimiento con paciencia y entusiasmo, y a abrazar la realidad como punto de partida para construir en serio.
Lo sembrado este año —en lo pedagógico, en lo comunitario, en lo edilicio y en la conformación del equipo docente— proyecta un 2026 con bases sólidas y una identidad que ya empezó a tomar forma.
Un primer año que no solo abrió un nivel, sino una nueva etapa para el Colegio Fasta Juan Pablo II.

